Caprichos y secretos de la infancia. Capítulo 25

Volver.

A la salida del trabajo, Ángel y yo vamos en el mismo vagón de tren. Estamos sentados uno junto a otro, solo que yo me encuentro con los cascos puestos y aislada de las posibles palabras que mi compañero de tren pueda decirme.

Llega a su parada y se despide de mí con un cálido beso en la mejilla que no me da tiempo a rechazar.

Ya por la noche, mientras me encuentro mirando por la ventana, me llega una llamada perdida de Rodrigo. Veo que su coche se acerca lentamente por mi calle, por lo que decido sentarme en el sofá para que éste no descubra que le he visto llegar.

Suena mi móvil de nuevo. Es, de nuevo, Rodrigo. Rechazo la llamada puesto que no me apetece escuchar su voz.

Varios segundos después, vuelvo a tener noticias de mi jefe. Esta vez, en forma de mensaje. Me comenta que no quiere estar solo, que le deje dormir en casa.

Me asomo a la ventana para hablar con él. Ahí le veo, apoyado en su coche.

-El hecho de que tú no quieras estar solo no significa que yo necesite estar acompañada.

-Sabes que, además de no pasar la noche solo, quiero hacerte feliz.

-Si quieres que sea feliz, olvídate de todo lo que hemos vivido y déjame marchar.

-No puedo, Emma.

Cierro la ventana en ese instante y me voy a la cama para disponerme a descansar, aunque no será demasiado fácil.

Cuando me levanto de la cama el viernes, comienzo a darme cuenta de que hay algo de Rodrigo que me impide permanecer mucho tiempo alejada de él. No logro descubrir el qué, a pesar de que pienso en ello.

Sé que, si me acerco a Rodrigo, Martina va a aprovechar para intentar afianzar lo “suyo” con Ángel, y que éste se sentirá dolido por mi decisión. Decido que, durante la jornada de trabajo me mantendré neutral con ambos, como si ellos no significasen nada para mí.

Me dirijo hacia la estación con los cascos puestos y la música en un volumen no muy alto, pero tampoco muy bajo.

Me pongo en un vagón diferente, por si las moscas. No quiero ver a Ángel. No quiero que me mire de esa manera que tan loca me vuelve. No quiero que, de momento, se ponga junto a mí.

Lo único que quiero es que él y Rodrigo vuelvan a ser el jefe y el compañero de mesa que conocí el primer día de trabajo.

Nada más llegar a la oficina, veo que ambos se encuentran charlando animadamente en la cafetería. “¿Estarán fingiendo? No lo sé, pero, si quieren saber de mí, que vengan ellos. –pienso mientras guardo los auriculares en el bolso.

Antes de meterme en el ascensor, me acerco a Ángela para hacerla un par de preguntas.

-Cuéntame tus pesares, Emma.

-¿Sabes si Ángel y Rodrigo se hablan?

-Por lo que creo haber escuchado, han venido juntos en coche. Al menos, han entrado juntos. No te puedo decir más, porque no lo sé.

-Muchas gracias, de todas maneras.

¿Será cierto que vuelven a hablarse? Si es así, ¿por qué lo hacen? ¿Lo hacen por trabajo o porque quieren recuperarme?

Comienzo a sospechar que ambos se han compinchado con Ángela para que volviese junto a ellos.

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Caprichos y secretos de la infancia. Capítulo 24

Desconfianza.

Un rato después de la marcha de Rodrigo, Ángel me da un beso en los labios y se marcha, no sin antes preguntar por la última conversación que he mantenido con Rodrigo.

-Si no arregláis las cosas, es probable que os dé de lado a ambos.

-No puedes hacerlo. Eso es chantaje.

-Solo os he pedido que paséis página. Bajo mi punto de vista, creo que no es tan difícil. Que ambos seáis cabezotas y orgullosos no significa nada. Deberíais pararos a pensar que eso no os va a llevar por ningún camino bueno.

Con la misma, sale de casa y cierra la puerta tras de sí. Me quedo un poco intranquila debido a lo sucedido.

Me pongo a pensar en cómo dar un poco de lado a ambos para ver, si con esas, son capaces de hacer cualquier cosa para luchar por mí.

Conecto la televisión para evadirme de todo lo ocurrido en la reunión. Al no encontrar nada interesante, decido marcharme a la cama.

Según me tumbo, se me ocurre una idea. Mi plan consiste en volver a comportarme como si no conociese a nadie de la empresa. A ver quién puede más: si ellos con su orgullo y cabezonería, o yo con mi repentina evasión del mundo.

Al día siguiente, cojo el tren de siempre, pero con una diferencia: me pongo en un vagón diferente, por si acaso está Ángel en el tren.

Llego a la oficina y Ángel me alcanza en la puerta. Me comenta que ha estado pensando en lo que les había comentado a los dos por la noche.

-¿Y qué es lo que tienes pensado hacer?

-Necesito recuperarte, Emma. Pero no quiero, ni puedo, tener que hablar de nuevo con Rodrigo. Entiéndelo.

-Lo siento, Ángel. Ese es el trato.

Empezamos a trabajar y, de reojo, me doy cuenta que Ángel no deja de mirarme. Me mira como si quisiera decirme algo, pero no se atreve a hacerlo.

Un rato después, Rodrigo sale de su despacho para pedirme que vaya con él.

-Te he pedido que vengas porque quiero que seas feliz a mi lado.

-Cuando arregles las cosas con Ángel, me lo pienso.

-Sabes que no puedo hacerlo –comenta Rodrigo mientras se levanta de la silla y viene a mí a darme un abrazo.

-Para quieto. No podemos hacer esto.

-Va en contra de tus principios, ¿me equivoco?

-Sobre todo, va en contra de lo que os dije anoche en mi casa.

Salgo de su despacho y voy al baño a pensar un poco en todo lo que está pasando en mi vida. He de reconocer que venirme a esta ciudad me ha hecho conocer, o reencontrarme, con Ángel, la persona con la que quiero pasar el resto de mi vida. Y también me ha puesto en mi camino a Rodrigo, cuya presencia me abruma y me hace bastante bien.

Sé que ambos forman, de manera indirecta, parte de mi pasado y del pasado de mi hermana, pero eso no significa que en el presente y en un futuro próximo puedan ser parte indispensable de mi vida.

Salgo del baño y sigo haciendo tranquilamente mi trabajo. A la hora de comer, hablo con mi hermana por teléfono.

-Emma, tú eres la que mejor sabe que no vas a poder estar lejos de ellos. No solo porque tengas que verlos a diario, sino por lo que sientes por ellos dos.

-¿Y qué quieres que haga? ¿Pretendes que aguante lo que cada uno odia del otro?

-Vuelvo a decirte lo de siempre. Echa a Rodrigo de tu vida. Vale que sea tu jefe, pero, en el terreno personal te va a hacer daño, y mucho.

-Vamos, que prefieres que esté con Ángel, ¿no?

-Otro que no es buena gente.

-Que hayas salido mal con ambos no quiere decir que yo vaya a pasar lo mismo. Porque no sé si sabes que Pepe, mi mejor amigo durante toda mi infancia y parte de mi adolescencia, se ha dado cuenta de que Rodrigo me quiere y de que yo estoy pillada por Ángel.

Con la misma, finalizo la llamada.

Me siento mal por haber contestado a mi hermana. ¿Tendrá razón ella y les perdonaré antes de que se reconcilien? O, en cambio, ¿seré capaz de ser fuerte y esperar a que ellos se den cuenta de sus errores y dejen de odiarse por mí?

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Decisiones que, a veces, se toman sin pensar

Decisiones que, a veces, se toman sin pensar.

7.30 de la mañana. La canción favorita de Sandy comienza a sonar en su móvil avisándome de que es la hora de levantarse.

“Buf, otro duro día de biblioteca” –piensa mientras se levanta de la cama y, con los ojos medio cerrados, se dirige hacia el baño a lavarse la cara y pegarse una ducha rápida.

Tras esto, unos 15 minutos más tarde, va a la cocina a prepararse algo de desayunar. No tiene mucha hambre, pero es mejor comer algo en casa que no pillar cualquier bolsa de grasa en la cafetería de la universidad. Un par de rodajas de pan de molde están dentro de la tostadora para, según salten, ser untadas con queso Philadelphia.

Sandy se prepara un café al ritmo del último disco de Andy & Lucas, uno de sus grupos favoritos. Desayuna sin prisa, ya que no ha quedado con nadie para ir a estudiar.

Se viste con unos pitillos negros, una camiseta de tirantes y las sandalias de cuña que su madre la compró hace un par de veranos.

Comprueba en la mochila que lleva todo lo necesario, pilla el móvil, los cascos y sale de casa con media sonrisa en la cara.

De camino a la biblioteca, recibe un par de mensajes de WhatsApp de un grupo de Andy y Lucas. No les contesta.

En su lista de contactos, busca el de Andrés, el chico que la gusta casi desde que empezó a la universidad. Mira su foto y, a pesar de que sonríe como una tonta, se muere de celos por la foto que él tiene puesta: sale de cuerpo entero agarrando a una chica por la cintura. “Que no sea su novia” –piensa mientras guarda el teléfono después de cruzar el semáforo y quitar los cascos.

Entra en la biblioteca y se pone en el mismo sitio de siempre: en la esquina cercana a la entrada, así puede estudiar y controlar a la gente que entra y sale.

Saca los bolígrafos, los subrayadores y los apuntes para ponerse al tajo. Antes de eso, una última mirada hacia la entrada. Allí le ve, charlando con alguien. No consigue distinguir quién es la otra persona, pero no puede quitar su mente de allí.

De pronto, Andrés entra en la biblioteca acompañado de una chica. “Que no me vea, por favor”. Demasiado tarde. Él se ha percatado de la presencia de la chica y ambos se acercan a ella.

Andrés saluda a Sandy con dos besos y se sienta junto a ella. La “desconocida” da los buenos días y se sienta al otro lado del chico.

Sandy estudia con los cascos puestos, aunque no pone música. No quiere que la voz de su amigo la distraiga.

A media mañana, Sandy se levanta de su sitio y sale de la biblioteca en dirección al baño. Cuando entra allí, saca su móvil del bolsillo y busca una canción que la anime. Encuentra una de Maldita Nerea que la gusta mucho.

Al salir del baño, se encuentra la amiga de Andrés, que la saluda por educación, pero sin muchas ganas.

-¿Te puedo preguntar una cosa?

-Claro que sí.

-¿Qué sientes hacia Andrés?

-Pues… cariño, ¿por qué?

-Por nada, olvídalo.

Salen juntas del baño y se quedan juntas a tomar un café. Para tomar un poco el aire, salen a la calle y se sientan en las escaleras.

Ninguna de las dos habla. A pesar del silencio, Sandy se encuentra cómoda. No quiere hablar demasiado, ya que no sabe con quién está hablando.

Sandy es la primera en levantarse de allí. Sale disparada en dirección a seguir estudiando un rato más.

Entra a la biblioteca y se topa con Andrés, que la pregunta dónde ha estado, que estaba a punto de salir a buscarla.

-He salido al baño y luego he estado afuera con la chica que ha venido contigo. Muy guapa, por cierto.

-Gracias. Sandy, te noto nerviosa. No te preocupes por nada. Es Carolina, mi hermana.

-¿Q-qué? ¿De veras?

-Sí, ¿quién pensabas que era?

-N-no, nada. Cosas mías.

Sandy se sienta en su sitio y se coloca en la misma postura que estaba antes de levantarse, ya que está cómoda de esa manera.

No se concentra demasiado. Después de saber que la chica con la que Andrés ha venido a la biblioteca y con la que sale en la foto de WhatsApp no es otra que su hermana. “No sé cómo he podido llegar a ser tan estúpida” –piensa Sandy mientras garabatea alguna palabra en la hoja de sucio.

A las 12.30 de la mañana, Sandy recoge sus cosas con intención de marcharse. Cuando se levanta de la silla, Andrés la agarra del brazo para que vuelva a sentarse.

-¿Qué te pasa? Te conozco lo suficiente y sé que, desde que hemos hablado antes, tú no estás concentrada.

-Andrés, no me pasa nada, en serio.

-No cuela, Sandy. Tus ojos me dicen que te mueres por decirme algo que no sabes cómo expresar.

-Piensa lo que quieras, pero ni me pasa nada ni tengo nada que contarte.

-¿Ni que te mueres por mí?

La chica se queda tiesa. No sabe dónde meterse. La hermana de Andrés se levanta de la silla y se marcha para dejarles a solas.

Sandy la sigue con la mirada y trata de evitar cruzar una mirada con el chico, que juguetea entrelazando su mano con la de la chica.

Andrés no sabe cómo convencer a Sandy para que se quede un rato más. Le gustaría contarle sus sentimientos, pero no se atreve. La razón es que ha estado hablando con su hermana y le ha confesado lo que han hablado en el baño.

Sandy consigue zafarse de los brazos de su amigo y se marcha de la biblioteca. Se pone los cascos y pone la música al volumen más alto que su teléfono la permite. Cruza el semáforo antes de que el muñequito se ponga rojo y camina por los soportales.

Se sienta en un portal para leer el mensaje que acaba de recibir. Es de Andrés. En él, la pide que vuelva a la facultad, que tiene que hablar con ella.

-Si quieres, nos vemos a la tarde. Voy con prisa.

-Sandy, vuelve, por favor.

-No es buena idea. Chao.

La chica guarda el teléfono en el bolsillo y camina en dirección a su casa. Las lágrimas comienzan a caer por sus mejillas cuando suena “Sentado en el banco”, de Auryn.

Gracias a esa canción comenzó a darse cuenta de que sentía por Andrés cosas que no había sentido jamás por nadie.

Al llegar a su casa, descubre una carta en el felpudo. Se agacha a cogerla y, tras abrir el sobre, reconoce la letra de Andrés.

Entra en casa, posa la mochila y lee tranquilamente la carta. En ella, el chico muestra sus sentimientos. Se desahoga diciéndola que es bastante probable que se vaya con una beca Erasmus a Dublín y que, si se marcha, no quiere perder el contacto con ella, ya que se va solo y necesitará su compañía, aunque sea en la distancia.

Nerviosa, Sandy coge el teléfono y busca el teléfono de Andrés entre sus contactos. Duda si llamarle o no, aunque no la da tiempo. Él se ha adelantado a sus pensamientos y es quién está llamando. Espera unos segundos a responder la llamada.

-¿Se te ha olvidado añadir algo a la carta?

-Veo que ya la has leído, Sandy.

-Sí, la he leído. ¿Estás seguro de lo que allí has plasmado?

-S-sí.

-Bueno, decirte que yo también siento cosas por ti, pero pienso que ahora no es el mejor momento para poder empezar algo, ¿no crees?

-Comprendo tu postura, pero estaremos separados hasta Navidades. Durante esas vacaciones, estaremos juntos y…

-Andrés, espera. Ambos lo pasaremos mal estemos juntos o no.

-¿Me rechazas?

-No es rechazarte, es esperar al momento adecuado.

Sandy se echa a llorar y finaliza la llamada. Ahora que sabe que Andrés siente lo mismo por ella, tiene miedo. Miedo de empezar a tener una relación y que la distancia haga que se estropee al poco de comenzar.

Come tranquilamente y se tumba un rato en el sofá con el ordenador encima de sus piernas. Mira sus redes sociales y no encuentra nada interesante, por lo que decide ponerse a traducir alguna de sus canciones favoritas en inglés.

Sobre las 5 de la tarde, apaga el ordenador y la televisión y se baja al centro a mirar alguna tienda de ropa. La primera a la que entra es a Pull&Bear. Allí, se encuentra de morros con Andrés.

Ella baja la cabeza para no mostrarse ruborizada.

-¿Por qué te escondes de mí?

-No me escondo.

-Venga, va, vamos a tomar algo y me cuentas por qué colgaste la llamada este mediodía.

-N-no es buena idea.

Andrés consigue convencer a la chica, a la que mira a la cara y agarra por la cintura. De camino a una cafetería cercana, los dos amigos charlan de las recuperaciones que tienen a la vuelta de la esquina. Sandy evita el tema “Erasmus”, ya que no quiere derramar alguna lágrima delante del chico, a pesar de la confianza existente entre ambos.

Se sientan en una mesa situada en la calle y piden algo para beber. Sandy está nerviosa. Saber que está sentada frente al chico que daría su vida por ella la hace no saber qué hacer ni qué decir.

-Nena, te noto ausente.

-Lo estoy. Pero no te preocupes por nada.

-Claro que me preocupo. ¿Por qué no iba a hacerlo? Eres la persona que siempre está en mis pensamientos, con la que me gustaría compartir mi vida. Eres lo que siempre soñé y que, sin quererlo, encontré.

-Muy bonito, Andrés, pero yo tengo miedo. Si ocurre algo entre nosotros, tiene que ser perfecto.

-Puede que, a vista de los demás, no parezca perfecto, pero, si nos queremos, todo saldrá bien, a nuestro gusto.

Andrés se levanta de la silla y se pone al lado de la chica. Agarra la cara de la chica y besa suavemente sus labios. Ella corresponde al beso, que se ve interrumpido por la llegada de las bebidas.

Sandy se ruboriza y vuelve la cara. Está feliz con “el beso”, ya que llevaba mucho tiempo soñando con ese momento.

Pasan tranquilamente la tarde y caminan juntos por las céntricas calles de la ciudad. Van agarrados de la mano, sin miedo a que les puedan ver. Andrés tiene miedo, pero no se lo muestra a la chica.

-Andrés, ¿puedo preguntarte algo?

-Claro que sí.

-Después de lo que hoy ha pasado entre nosotros, ¿cómo podemos considerarnos?

-Pues… si tú quieres, podemos probar a comenzar una relación de pareja. ¿Te hace?

La chica decide responder plantando un beso en los labios al chico.

Allí, en mitad de la calle, se sienten solos, como si nadie más caminase junto a ellos.

Ambos son jóvenes, y se arriesgan a ser felices el uno junto al otro, a pesar del miedo a que todo salga mal.

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Caprichos y secretos de la Infancia. Capítulo 23

Al cabo de un rato, recibo una llamada de Ángel con la única intención de interesarse por la reunión a la que le he convocado al día siguiente.

-Pues es para que vengas a tomar algo a casa.

-¿Se lo has dicho a alguien más?

-No. ¿Por qué?

-Bueno, ya sabes, si has avisado a ciertas personas, sabes que no voy.

Con la misma, finaliza la llamada. Empiezo a sospechar que es consciente que sabe que Rodrigo también está invitado.

El miércoles, nada más llegar a trabajar, Ángela me comenta que la parece estupendo que haya invitado a Ángel a mi casa. Rodrigo llega en ese mismo instante, justo al terminar Ángela de hablar conmigo.

La mañana pasa sin más. Ángel y yo nos dedicamos a mandarnos alguna que otra nota de manera disimulada.

A la hora de comer, me pongo a pensar en cómo proponer a Ángel que venga a mi casa un rato antes de las 9, ya que no me apetece ver cómo él y Rodrigo aparecen a la vez. Nada más volver de comer, se lo comento. De primeras, me dice que andará un poco justo de tiempo, pero, tras ponerle caras raras, decide aceptar.

En cuanto mi reloj marca las 19.00, cojo el bolso y el móvil, y me voy derecha al ascensor. En la entrada de la oficina, Martina viene a mi.

-Quiero que dejes en paz a Ángel -me comenta indignada.

-Lo llevas claro. Hasta que él no me diga nada, me seguiré llevando con él como hasta ahora.

-¿Te crees que voy a aguantar que os lo estéis pasando bien? Porque, ya que él no te lo dice, te lo contaré yo. Él me quiere a mí y, si no te lo dice, es por miedo a que te enfades.

Ángel llega y pregunta a Martina si la pasa algo conmigo. Ésta responde que lo que más la molesta es que me esté entrometiendo en la relación que tienen. El chico pide a Martina que deje de ser cruel y asegura que el simple hecho de que se hayan dado algún que otro beso no significa que estén juntos.

Salimos de la oficina y caminamos juntos. Ángel saca como tema de conversación todo lo que ha pasado entre nosotros desde que nos conocemos. Al llegar a la Boca del Metro, Ángel coge mi mano y tira de mí hacia él para plantarme un beso en los labios de esos que te dejan sin palabras.

-¿A qué ha venido esto?

-Pues que no se me ocurre otra forma de demostrarte que eres mi vida.

-Y yo no sé cómo entender tu comportamiento conmigo.

-No sé a qué te refieres.

-Tu manera de jugar a dos bandas. Me explico. Estás ahora muy bien conmigo y, cuando mejor creo que estamos, te veo aparecer con Rodrigo, tu eterno enemigo, y con Martina, con la que te enrollas.

-Sabes que solo te quiero a ti.

-Demuéstramelo.

Llegamos juntos a mi casa y nos sentamos en el sofá a ver la televisión. Pasamos el rato abrazados hasta que alguien llama al timbre.

Los dos nos asustamos y soy yo la que va abrir la puerta y Rodrigo, según se encuentra a Ángel en el sofá, hace un amago para marcharse.

-Rodrigo, por favor, quédate.

-Si está el, yo aquí no pinto nada.

-Hazlo por mí y por el supuesto cariño que me tienes.

Consigo convencer a mi jefe de que se quede, aunque no acepta de muy buena gana.

Estamos un rato charlando los tres. A veces, se me hace difícil que los errores y odios del pasado no salgan a la luz, pero creo que lo mejor para todos es comportarnos como adultos y ser capaz de mirar el presente sin recordar el pasado.

-Aprovechando que os tengo a ambos aquí, a mi lado, quiero pediros una cosa.

-¿El qué? -pregunta Rodrigo.

-Quiero que dejéis de odiaros. Si habéis cometido errores, tenéis que ser capaces de hacer borrón y cuenta nueva.

-Emma -comienza Ángel a hablar-, sabes que yo no puedo hacerlo. Te lo he explicado en más de una ocasión.

-Pasad página por mí. Intentadlo, al menos.

En ese mismo instante, Rodrigo se levanta del sofá para marcharse. Me levanto y le acompaño hasta la puerta. Le pido al oído que se trague su orgullo para arreglar las cosas. Me comenta que él tampoco puede hacerlo, que no se ve capaz.

-Si no lo hacéis, tendré que buscarme la vida sin vosotros dos. ¿Eso es lo que quieres?

-Haz lo que tengas que hacer, pero yo no pienso reconciliarme con Ángel.

Me vuelvo a sentar en el sofá y me pongo a pensar en mis cosas. Soy consciente de que no ha servido de nada reunirles, pero me quedaba la cosa de haberlo intentado. Tengo la esperanza de que, si paso de ellos, harían cualquier cosa para que volviese a confiar en ellos.

Siento haber estado tanto tiempo sin subir ninguna entrada al blog, pero he estado demasiado ocupada.

No sé si lo sabréis, pero estoy intentando modificar ciertas expresiones de “Prometo no Olvidarme de Ti”, lo que no significa que cambio todo lo que he plasmado en ella. La esencia queda plasmada, amigos míos.

Un saludo muy grande. 🙂

 

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Hablando de la sociedad

Aquí os dejo una de las entradas de las que os hablé ayer por facebook. Se trata de una pequeña reflexión sobre la sociedad actual y de cómo se puede llegar a “aislar” a alguien por, simplemente, no compartir los mismos gustos que la gran mayoría de la gente. Bueno, no me enrollo más y, si os apetece, leerla

Vivimos en un mundo en el que las prisas y las nuevas tecnologías nos hacen aislarnos del resto del mundo. Ir en el autobús con la música sonando alta, en silencio, con la mente puesta en un concierto, en una cita con alguien que, quizás, no volverás a ver nunca, en querer hacer cosas que no tienen nada que ver con lo que estás haciendo en ese instante.

Hay que pararse a pensar, darse cuenta de que se están perdiendo las charlas cara a cara, de que nos estamos volviendo robots controlados por una sociedad que solo sabe seguir modas.

Buscando en blogs de internet, puedo darme cuenta de que la gente no hace cosas por el beneficio personal que les reporta, sino que lo hacen por, como alegan muchos, “encajar en el mundo que les rodea”. La mayoría asegura que, si no siguen las modas, se quedan de lado en una sociedad en la que se les considera una oveja negra por ser diferente.

De pronto, puedes encontrarte en un lugar en el que te llaman raro por seguir tus propias normas, por ser diferente al resto, pero, ojo, ser diferente no significa ser peor. Para mi gusto, no seguir las modas que sigue todo el mundo se llama tener personalidad. Sí, eso que le falta a mucha gente, porque parece que la sociedad en general está cortada por el mismo patrón.

No hay día que no entre a mis cuentas en redes sociales y vea comentarios de ciertos programas de televisión que me causan cierto respeto, por la sencilla razón de que no me gusta ver esos realities en los que la chulería, la prepotencia y la poca educación son las que predominan. Y claro, no tengas lo que hay que tener para criticar esos programas, porque toda la gente que lo ve a diario viene a por ti a decirte que no tienes derecho a opinar de esa manera, porque es lo mejor del mundo y porque, simplemente, por no verlo, ya dejas de ser una persona molona.

¿Pasa algo porque no me gusten esos programas o porque opine sobre ellos? Pues no, por la sencilla razón de que tengo derecho a opinar sobre cualquier cosa. Para algo existe la libertad de expresión.

Lo que tengo claro es que no voy a dejar de opinar porque a la gente no le parezca bien. Prefiero destacar siendo yo misma, y adaptando las modas a mi forma de ser, a ser “igual” que el resto de los mortales.

“Figura repetida no completa la colección”. Por eso mismo, he decidido no seguir ciertos pasos de los demás, no porque no me gusten, sino porque no me siento identificada con lo que ahí se muestra.

Reconozco que hace varios años, ciertas actitudes conformistas de la gente no existían o no se mostraban de la misma manera que ahora. Hoy es el día en el que se muestra que lo mejor es lo que más funciona. Pues yo no pienso así. En ocasiones, hay “modelos” que no son tan conocidos, pero que hacen que las personas que lo siguen tengan más madurez y sus ideas estén más claras.

Ojo, que no estoy diciendo que esa parte de la sociedad que sigue ciegamente esas actitudes no tenga dos dedos de frente, pero la mayoría de las personas que lo siguen son personas a las que les molesta que sean vistos como gente sin sentido.

Que vale, que hay mucha gente que cumple este prototipo, pero eso no significa que todos sean igual. Puede parecer que es lo que quiero mostrar, pero esto no es así.

Yo me considero de ese tipo de gente que tiene otra manera de pensar, pero que respeta lo que el resto del mundo hace. Sí, lo respeto, pero no lo comparto. No comparto que haya personas que critiquen que no puedan ver ciertos programas televisivos porque una noticia trascendente para la historia de España les cambie su rutina televisiva.

En el caso del día en el que se anunció la abdicación de Juan Carlos I, leí varios mensajes en Twitter en los que se veía mal que, por “culpa” de la abdicación, no se pudiesen ver ciertos programas. No es que odie a las personas que lo han puesto, lo que me da rabia, y mucha, es que esa gente tenga que insultar a una persona por no poder ver un programa que te gusta.

Sé que, si estás acostumbrado a hacer algo a diario, te molesta que te cambien la rutina, pero, por un día que pase, creo que no deberías verlo tan mal. Igual mi postura no es la correcta, pero mi forma de ver las cosas es que todo es malo en exceso.

Me explico, puede que hacer absolutamente todos los días lo mismo acabe siendo pesado, pero nunca viene mal saltarse las normas, aunque sea por un momento.

 

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Caprichos y Secretos de la infancia. Capítulo 22

Reunión

Nada más subir a casa y sentarnos en el sofá, Rodrigo me cuenta su versión de la foto. Me asegura que Ángel no me quiere y que prefiere estar con Martina antes de estar conmigo.

-Eso no es cierto, y lo sabes –suelto indignada.

-Y tú sabes que Ángel no te quiere a ti, que te está utilizando para que te alejes de mí. Sí, reconozco que fui el primero que se dio cuenta de que Ángel empezaba a sentir algo por ti, pero me he dado cuenta de que sus ojos me mienten de manera continua.

-Con él voy a ser feliz y nada ni nadie va a conseguir separarnos.

-No tienes ni puñetera idea de las cosas que puedes hacer a mi lado.

Con la misma, nos damos un abrazo y se va. Me siento bastante mal por lo que acabo de decirle. Sé que quiero ser feliz al lado de Ángel, pero he de reconocer que mi jefe se ha portado genial conmigo.

Al cabo de un rato, le llamo para disculparme con él por mis últimas palabras. No responde a mis llamadas, por lo que decido no insistir demasiado, ya que no quiero que piense que estoy desesperada.

Intento localizar a Ángel para que venga a hacerme compañía.

-¿Para qué quieres que vaya? ¿Para que sigas haciéndome más daño?

-Quiero estar contigo, y lo sabes. Eres la persona que consigue que sonría. Que te quiero, niño.

-Si de verdad me quieres, ¿por qué estás todo el día pegada a Rodrigo?

-Él me cae bien, pero lo que siento hacia ti es más fuerte que mi amistad hacia Rodrigo. No sé cómo demostrarte que no miento.

-Trato de comprender lo que me dices, pero no estoy del todo convencido de que me digas la verdad.

Con la misma, finalizo la llamada. Voy a la habitación a pillar algo de ropa para hacer una visita a Ángel. Sé que puede parecerle mal que vaya a verle, pero no me importa. Quiero hablar con él y pienso conseguir mis propósitos, sea como sea.

Salgo de casa y, para no estar nerviosa, me pongo música. Intento relajarme, pero no lo consigo.

Llego a su casa y, según me abre la puerta, me echo a sus brazos. Estamos así un par de minutos y le pido disculpas por el posible daño que le haya podido hacer.

Cuando nos separamos, me comenta que, pase lo que pase, siempre me va a querer a mí, a pesar de que, de momento, no quiere tener novia.

-No te entiendo.

-¿Por qué?

-El otro día me pediste que lo fuera.

-Ahora mismo pienso lo mismo que tú cuando te lo pedí. Creo que es pronto, pero, como ya te he comentado, te quiero y, a pesar de que es temprano, no me apetece tener novia. Guardaré todo mi amor para estar a tu lado cuando ambos creamos conveniente.

Sigo un rato más en su casa y la tensión es evidente. Ángel se muere por besarme en el sofá, pero se contiene. Yo le mando alguna señal para que lo haga, pero parece que no las pilla.

Aunque no lo dice, se arrepiente de haber besado a Martina, porque por ella no siente nada más que aprecio, pero no mucho, porque no soporta que esté todo el día detrás suyo. Yo, en cambio, me arrepiento de, en ocasiones, ser un poco brusca. Tampoco se merece sufrir por mí y, acercándome a Rodrigo es lo único que consigo. No puedo evitar estar cerca de él, porque le he cogido cariño, pero sé que, a pesar de que a veces parezca lo contrario, con el único que quiero estar es con Ángel.

Al día siguiente, según llegamos a la oficina, nos ponemos a terminar nuestra parte del número semanal de la revista. Un rato después de mandárselo a Rodrigo, nos reunimos los tres en su despacho y aprovecho para proponerles una reunión en mi casa.

-¿Para qué? –pregunta Rodrigo.

-Ambos lo sabréis a su debido tiempo.

-No pienso aceptar estar reunido con él –comenta Ángel con desprecio.

Ángel se va del despacho, y yo me quedo allí, hablando con Rodrigo. Se levanta de su mesa para acercarse a mí. Me comenta que tampoco quiere reunirse con Ángel, que solo lo hace por obligación del trabajo. No consigo comprender sus palabras, ya que el viernes estuvieron reunidos.

-Entonces –comienzo yo-, ¿por qué el viernes estabais los tres juntitos, en amor y compañía?

-Me lo pidió Martina. Y me da igual que no te lo creas, es la pura realidad.

-No te entiendo.

-Deja que te lo explique.

-En otro momento.

Salgo de allí y voy a mi mesa para seguir, a duras penas, trabajando. Un rato después, Ángel me pregunta las intenciones de la reunión en la que pretendo juntarles a ambos. De primeras, no sé qué decirle, ya que, en cierto modo, he de sincerarme, pero, a la vez, he de ser justa con ambos y no puedo soltárselo a él y no decirle nada más a Rodrigo.

-Ya he dicho antes que lo sabréis cuando estéis reunidos.

-No quiero reunirme con él.

-¿Por la famosa pelea?

-Sí, pero no lo digas muy alto, cuanta menos gente lo sepa, mucho mejor.

-No te entiendo, ¿hay alguien que no deba saberlo?

-Ángela no lo sabe y, de momento, no ha de enterarse.

Salimos de trabajar y vamos juntos en tren. Como no hay ningún sitio para sentarnos, vamos de pies. Hacemos un poco el imbécil y, siempre que nos miramos, las sonrisas aparecen. Sutilmente, me agarra la mano y le sigo el rollo.

En su parada, se despide de mí con un dulce beso y le observo cómo se aleja hacia las escaleras. Me pregunto cómo puedo quererle tanto y no puedo evitar sonreír.

Llego a casa y, tras ponerme el pijama, me tiro en el sofá. Pongo la tele y solo encuentro programas que no me interesan. De pronto, veo que está a punto de empezar un episodio de la serie “Águila roja”, y me pongo a verle.

Cuando llega el primer intermedio, les mando un mensaje a cada uno para comentarles que les espero al día siguiente en mi casa a eso de las 9.30 de la noche.

Ángel es el primero en responderme y me pone que espera no encontrarse con Rodrigo, que no quiere verle ni en pintura. Mi jefe contesta al cabo de un rato, y me comenta que acepta la propuesta y me pide que ni se me ocurra avisar a Ángel, ya que quiere aprovechar para hacerme feliz.

¿Cómo reaccionarán cuando se encuentren en mi casa? ¿Llegarán ambos a la vez?

Empiezo a darme cuenta de que también he de sincerarme con ellos. No quiero seguir mintiendo a dos de las personas más importantes de mi vida.

Siento haber tardado tanto tiempo en subir capítulo, pero no veía el momento para ponerme a pasarlo al ordenador para compartirlo con vosotros. He estado bastante atareada entre clases, estudios y alguna que otra salida con mis amigas.

He de reconocer que llevo una racha que me cuesta bastante sentarme al ordenador y escribir. No por falta de ideas, porque no me encuentro bloqueada en ese sentido, sino porque no encuentro la forma óptima para que éstas me queden como a mí me gusta. He de ser sincera y deciros que, cuando se me ocurre algo, siempre lo plasmo en un word y, aunque, de primeras, no me convenza lo que ahí queda escrito, cuando decido retomarlo y mejorar mi propia expresión, siempre queda algo de lo original.

Un saludo a todos y espero que disfrutéis con este capítulo.

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Caprichos y Secretos de la Infancia. Capítulo 21

Montaje

Durante el trayecto en el tren, los dos vamos en silencio. En un par de ocasiones, Ángel intenta explicarme que la foto de Martina y él es solo un montaje, pero yo, que no quiero hablar con él, le pido que me olvide, que se vaya con ella, que seguro que es más feliz con ella que conmigo.

Cuando llego a la oficina con Ángel, veo que Martina me dirige, como todos los días, una mirada de odio.

-Sigo sin entender la foto de los dos.

-No tienes nada que entender, ya te he dicho que es un montaje. Además, ¿qué ganaría mintiendo?

Llego a mi mesa y tengo una carta. Me pongo a leerla y descubro que es anónima, aunque por la letra, reconozco que, lo más probable es que sea de Rodrigo. Justo en ese momento se dirige a su despacho y me hace una seña para que le acompañe.

-¿Quién ha hecho la foto de Ángel y Martina? –pregunto nada más cerrar la puerta.

-Te repito que yo soy el autor de la foto. Si yo no la hubiese hecho, ¿a qué fin habría sido yo la persona que te la mandó?

-¿Me lo tengo que creer?

-No te estoy mintiendo. Ahora, haz lo que tengas que hacer.

-Tiene toda la pinta de ser un montaje y, tanto tú como yo, sabemos que es verdad.

-Lo que quieras. ¿Te parece que vaya esta tarde a tu casa y te cuente todo lo que sé?

-Vale, pero te advierto, nada de besarme, que nos conocemos.

Me levanto de la silla para irme del despacho, no sin antes saber que tengo que ponerme con Ángel a preparar el proyecto de la semana y le quiere, como muy tarde, para el mediodía del día siguiente. “Que le compre quien le entienda”  pienso mientras me dirijo hacia mi mesa con la intención de ponerme manos a la obra.

-Ángel, tenemos que empezar a hacerlo.

-¿Para cuándo lo quiere?

-Mañana a la hora de comer.

Nada más decirlo, empezamos a trabajar. Durante la mañana, las miradas entre nosotros son más que evidentes. No podemos evitar sonreír cada vez que nuestros ojos se miran. Ambos somos conscientes de que hay algo my fuerte que nos une, pero, a la vez, hay algo que a ambos nos impide estar juntos. Sabemos que las dudas y el hecho de que yo no quiera hacer daño a Rodrigo nos están impidiendo poder estar junto todo lo que queremos.

Llega la hora de comer y bajamos en el ascensor. Como estamos solos, nos damos algún que otro beso, besos que nos transportan a otro mundo. Al llegar a la cafetería, Martina se nos une, supongo que con intención de meter cizaña.

-Ángel, ¿no tienes pensado contarla la verdad? –pregunta Martina con un tono bastante burlón.

-Deja de ser bocazas, anda –dice Ángel para conseguir que se calle.

-¿Qué verdad es la que me tienes que contar? –interrumpo.

Ángel me susurra al oído que ya me lo contará cuando subamos a la mesa. Durante un rato más, aguanto los comentarios de Martina, que no cesa en su empeño de tratar de llamar la atención de Ángel, que no nos hace mucho caso a ninguna.

Intuyo que Ángel es consciente de que tiene que darme explicaciones, pero el comentario de Martina está acelerando el juego. Ella le quiere tener, pase lo que pase, a su lado, y él se da cuenta de que está jugando demasiado y que todos vamos a terminar sufriendo.

Cuando subimos a nuestra mesa, me explica que el viernes se dio un morreo con Martina. Fue algo inesperado, ella se lanzó a él y fue incapaz de separarse y que, por lo que se ve, Rodrigo inmortalizó el momento para hacerme daño.

-Es decir, no es ningún montaje.

-Lo es en cierto modo.

-No te sigo.

-Me explico. El lugar en el que está tomada la foto no coincide con el lugar en el que se produjo el beso, es más, ese lugar está bastante lejos de la ciudad.

Durante la tarde, hablamos lo imprescindible. Estoy dolida por lo que Ángel ha hecho, pero lo que más me duele es que no haya sido capaz de decirme lo que había pasado. Le comprendo, yo tampoco le he contado que me he enrollado con Rodrigo porque soy consciente del daño que voy a ocasionarle si me sincero con él.

Cuando Rodrigo sale de su despacho, nos comenta que nos vayamos a casa, que ya le terminaremos al día siguiente. Con la mirada me dice que me espera a la salida, ya que no se ha olvidado de que tenemos que hablar.

Soy la primera en recoger las cosas y, después de dar a Ángel un beso en la mejilla, salgo de la oficina para volver a casa en el coche de Rodrigo. Nos subimos al coche y le pido que, antes de que me cuente su versión, tengo que decirle algo.

-Ángel me ha dicho que el viernes se liaron –suelto sin pensar.

-Aun así, quiero darte mi versión, porque no sé si recuerdas que yo estaba con ellos.

-Vale, antes de que me lo cuentes, te diré que también sé que la foto tiene parte de montaje.

-¿Algo más? Ahí me has pillado, no sabía hasta qué punto eras consciente de todo.

¿Por qué todo el mundo se empeña en ocultar detalles? ¿Se piensan que, aunque me hagan daño, me voy a enfadar con ellos? Sí, es cierto que tengo sentimientos y puede que haya ciertos detalles de los que no quisiera conocer, pero no creo que haya suficientes motivos para que pueda dejar de hablarles. Sé que tendría que ponerme seria y plantearme qué es lo que quiero, pero dudo que pueda conseguir estar mal con ellos.

La única conclusión que saco en claro mientras ambos estamos en silencio es que tengo que reunirles a ambos después del trabajo. Esa es la mejor solución para todos.

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