Caprichos y secretos de la infancia. Capítulo 30.

Intento de reconciliación.

Justo en ese instante, mi madre entra en el bar. Según la veo, subo derecha al baño a “retocarme el maquillaje”.

Me tiro allí varios minutos, sentada en el wáter deseando con todas mis fuerzas que, al bajar, mi madre no esté allí. Para chasco mío, al volver donde mi hermana, allí sigue.

―Emma, cariño, perdóname. Sanes que he cometido muchos errores.

―Si de verdad hubieses querido nuestro perdón, hubieses vuelto mucho antes, o mejor, nunca nos habrías dejado plantadas.

―No seas así. Quiero recuperaros a las dos. Tu hermana ya me ha perdonado por todo.

―Yo no soy como ella. Nunca lo he sido, y nunca lo seré.

Con la misma, cojo mi bolso y me marcho de allí.

Varios minutos después, mi hermana me manda un mensaje para pedirme que vuelva al bar a tragarme mi orgullo. Saco fuerzas de donde no las tengo y respondo que ni puedo, ni quiero, perdonarla.

Llego a mi casa y me tiro en el sofá. Pongo la televisión y decido llamar a Ángel para pedirle que venga a mi casa.

―Tengo mejores planes que encontrarme con tu hermana.

―Estoy sola. Hemos vuelto a discutir hace un rato. Te necesito cerca, Ángel.

―Iré dentro de un rato.

Me coloco en el sofá para ver la televisión mientras espero a que mi compañero de trabajo venga a casa.

Después de hora y media llorando sin parar, alguien llama a la puerta. Me levanto para ver quién es y, al abrir, me encuentro con Ángel. Abre los brazos para que me hunda en su pecho.

Nos separamos y vamos hasta el sofá. Allí, me pide que le relate todo lo sucedido con mi hermana. Consigo, entre lágrimas, contarle todo lo acontecido en el bar.

Tras terminar con mi relato, Ángel me da un abrazo con efecto tranquilizador. Acaricia mi espalda y vuelvo a llorar como una magdalena.

―Espero que puedas perdonarme por haberte hecho esperar tanto.

―No pasa nada, pero porque eres tú, ¿eh? Si fueses otra persona, te tendrías que ganar mis disculpas.

Me levanto del sofá para preparar algo de cena y tengo todo el rato a Ángel pegado a mí, agarrándome por la cintura.

Terminada la cena, mi compañero de curro se pone a recoger las cosas hasta que el timbre de mi casa suena. Le pido que me acompañe y, tras abrir la puerta, veo a mi hermana.

―Hermanita, quiero que me perdones por lo de antes.

―No, Cecilia, ahora mismo no soy capaz de perdonarte. Eras perfectamente consciente de la reacción que iba a tener si me encontraba con mamá.

―Aunque no me hables, ¿puedo dormir en casa?

―No.

La cierro la puerta en las narices. Ángel me dice que me he pasado y que no le hubiese importado marcharse. Le digo que no, que prefiero que se quede él antes que mi hermana, que por mucha sangre que nos una, hay ciertas cosas que no se pueden perdonar.

―Sabes perfectamente que tu hermana quiere lo mejor para ti.

―Pues perdonar a mi madre no es lo mejor para mí. Yo no perdono a aquellas personas que me abandonan cuando más las necesito.

Me meto en el baño a lavarme los dientes y a quitarme el poco maquillaje que queda en mi cara.

Cuando salgo del baño, me encuentro a Ángel sin camiseta.

―¿Qué pasa? ¿Quieres que me dé un infarto?

―Has salido muy sosa, Emma.

―Seré todo lo sosa que quieras, pero tú eres un busca infartos. Anda, tápate, que te quedarás frío.

―¿Y si no quiero? ―pregunta mientras se acerca a mí y me besa con dulzura.

Me recoge del suelo y me lleva en brazos hasta la cama, donde me deja caer suavemente. Se coloca encima de mí y comenzamos a besarnos lentamente. Los besos se van haciendo más cortos y repetidos, hasta que, poco a poco, nos vamos deshaciendo de la ropa. Ahí sucede lo que llevo tiempo soñando y deseando: Ángel y yo fundidos en un solo cuerpo.

―Te quiero.

―Y yo a ti, pequeño.

―Sospecho que, aunque me digas que sí, me estás utilizando y que prefieres a Rodrigo antes que a mí.

―Sabes que no es verdad.

Nos tumbamos en la cama y yo me aovillo dándole la espalda, aunque su brazo pasa por alrededor de mi cuerpo. Consigo tranquilizarme un poco después de todas las emociones vividas durante el día de hoy.

A pesar de sentirme segura a su lado, una extraña sensación me invade. Saber que anoche Rodrigo estuvo durmiendo en el mismo sitio que hoy yace Ángel me hace darme cuenta de que, en ocasiones, estoy jugando con fuego y, si sigo así, me terminaré quemando.

Cavilando en mis cosas, consigo que me entre el sueño y, poco a poco, ceder ante los encantos de Morfeo.

Cuando me despierto, me descubro sola en la cama, aunque oigo ciertos ruidos procedentes del salón. Sonrío para mis adentros y me levanto de la cama. Me calzo las zapatillas y, con una sonrisa de oreja a oreja, voy al salón, donde descubro a Ángel viendo la televisión.

―Buenos días, pequeña. ¿Has pasado buena noche?

―Buenos días. La verdad es que no me puedo quejar.

―Se nota que he dormido a tu lado.

Me siento a su lado y le doy un beso largo en los labios.

Al separarme de su boca, me comenta que han metido una carta por debajo de la puerta. El semblante me cambia en el mismo instante que abro la carta. ¿De quién es? ¿Por qué mi espontánea felicidad comienza a desvanecerse?

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Acerca de Elena Ramos.

Soy una chica amante de la escritura y de la lectura. Me gusta conocer gente con la que compartir mis gustos
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