Caprichos y secretos de la infancia. Capítulo 19

Explicaciones

Cuando llegamos a casa de Ángel, éste y yo nos damos un abrazo. Me comenta al oído que tenemos que hablar y que, cuando no estoy a su lado, me echa mucho de menos. Aprovechamos que Pepe sale al balcón a atender una llamada de teléfono para hablar de nosotros. Antes de empezar a hablar, le comento que quiero explicarle una cosa.

-¿Qué sucede ahora? –pregunta Ángel.

-Rodrigo no es tan mala persona como me intentas hacer creer.

-Vamos, que le prefieres a él.

-Te quiero a ti, y lo sabes.

-¿A qué viene, entonces, que me sueltes que Rodrigo es buena persona?

-Sus ojos me lo dicen a diario.

No podemos hablar más del tema Rodrigo, puesto que Pepe termina de hablar por el móvil y se sienta en el sofá a charlar con nosotros.

Un rato después, bajamos al bar a encargar unos bocadillos para llevarnos. Allí, el camarero nos apunta lo que pedimos y nos dice que tenemos que esperar un rato para poder llevárnoslo. En ese instante, Pepe se ausenta para ir al baño y nosotros dos aprovechamos para retomar la conversación que habíamos comenzado en su casa. Comento que le quiero, pero que me da miedo comenzar una relación de pareja con alguien.

-¿Puede saberse el motivo?

-No sabría decirte algo en concreto, pero, no sé, sabes que no quiero, de momento, hacer daño a nadie.

-Otra vez tu vena de protección hacia Rodrigo.

-Si te soy sincera, dame tiempo para conoceros mejor a los dos.

-Sabes lo que pienso hacia él.

-Sí, y lo respeto, por lo que pido que respetes mi decisión.

En ese momento, aparece Pepe y, un par de minutos después, nos sirven los bocadillos para llevarlos a casa. Vamos a casa de Ángel para comer allí y poder, así, echarnos unas risas. Nada más llegar, entro al baño y les oigo comentar a ambos que echan de menos la vida del estudiante universitario. Ángel asegura que lo que más echa de menos es las tardes en las que él y Cecilia no hacían nada. “¿Y si esa Cecilia es mi hermana?” pienso mientras termino en el baño.

Salgo y nos ponemos a comer. Las risas están totalmente aseguradas. En más de una ocasión, les pido que se pongan un poco serios, que no puedo comer y reír a la vez.

Tras comer, los dos comienzan otra ronda de chistes, en las que ninguno puede dejar de reír, ya que he de reconocer que ambos son muy buenos a la hora de contar chistes.

A media tarde, decidimos ir a dar una vuelta por la zona. Me sitúo en medio de ambos e, inconscientemente, entrelazo mi mano con la de Ángel. Las miradas de complicidad entre ambos son más que evidentes. Aunque nos cuesta, tratamos de no hacer que Pepe se sienta ignorado por nosotros.

Damos un paseo un tanto largo, en el que no podemos evitar, en ciertos momentos, ponernos nostálgicos. En mi caso, es cuando recuerdo ciertas trastadas con Pepe, aunque, en el caso de Ángel, le pasa cuando, sin querer, Pepe nombra a Cecilia, la chica con la que Ángel estuvo saliendo. Le doy un abrazo para que se dé cuenta de que yo, si consigo estar por la labor, puedo hacerle sentir el hombre más afortunado del planeta.

Ángel se despide de Pepe en la boca del Metro, ya que no podrán despedirse al día siguiente. Sin embargo, conmigo se despide de una manera más emotiva. Me agarra por la cintura y me da un pequeño beso en los labios.

Al montarnos en el tren, Pepe me pregunta por el beso que Ángel me ha dado y, de primeras, no sé cómo explicarle la cantidad de cosas que, en poco tiempo, hemos vivido juntos.

-Sé que Ángel te gusta. ¿Por qué no se lo dices?

-No es tan fácil. Siendo franca, nos compenetramos muy bien, pero, ¿y los sentimientos de Rodrigo? A su lado también me siento cómoda. No sé qué narices hacer.

-Como te he dicho en más de una ocasión, guíate por tu corazón. En estos casos, él es el que manda. Lo más lógico sería que no estuvieses con ninguno de los dos, pero has de ser justa con tus sentimientos.

-Gracias, Pepe. Sé que, a pesar de los años que han pasado sin vernos, sigues siendo el amigo que siempre has sido.

Nos damos un abrazo y nos apeamos en nuestra parada. El pequeño trayecto que hay hasta mi casa le pasamos en silencio.

Pienso en todo lo vivido con ambos y lo que cada uno de ellos me hace sentir. Sé que he de hacer caso a Pepe y hacer caso al corazón, pero, no sé, no todo es tan sencillo.

Llegamos a casa y Pepe me comenta que al día siguiente por la tarde se tiene que ir a coger el autobús que le lleve hasta esa ciudad que nos vio crecer a ambos. Me propone que le acompañe hasta la Estación de autobuses.

-Prométeme que vendrás algún fin de semana a verme.

-Cuando quiera, vendré a darte una sorpresa.

-No seas capaz de venir sin avisar.

-Trataré de avisarte, aunque ya me conoces, y sabes que soy capaz de presentarme sin avisar.

Ambos reímos y nos apalancamos en el sofá. Hago zapping en la televisión y, como no veo nada interesante, le paso a Pepe el mando y me levanto para irme a la mesa a fisgar cositas en el ordenador.

Pepe pone un partido de fútbol que le interesa y espero impaciente a que arranque el ordenador. Me conecto a mirar el blog de Rodrigo y a mirar mi correo. En el blog de Rodrigo no encuentro nada interesante, mientras que en mi correo tengo uno de mi jefe. En él, Rodrigo me manda una foto en la que Martina y Ángel se están besando. “Eso es imposible. Tiene que ser, a la fuerza, un montaje” pienso mientras trato de contener mi rabia. Respondo al correo para preguntarle por la foto.

Al cabo de un rato, me llama y me comenta que él es el autor de la foto y que la sacó sin que ellos fuesen conscientes justo antes de reunirse con nosotros en la cafetería.

¿Es cierto el contenido de la foto? Si es verdad, ¿Ángel me está mintiendo cuando me dice que me quiere? Y, en el caso de que sea un montaje, ¿quién será su autor?

La única conclusión a la que llego es que el lunes he de aclarar con Ángel ciertas cosas.

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Acerca de Elena Ramos.

Soy una chica amante de la escritura y de la lectura. Me gusta conocer gente con la que compartir mis gustos
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