Caprichos y secretos de la infancia. Capítulo 30.

Intento de reconciliación.

Justo en ese instante, mi madre entra en el bar. Según la veo, subo derecha al baño a “retocarme el maquillaje”.

Me tiro allí varios minutos, sentada en el wáter deseando con todas mis fuerzas que, al bajar, mi madre no esté allí. Para chasco mío, al volver donde mi hermana, allí sigue.

―Emma, cariño, perdóname. Sanes que he cometido muchos errores.

―Si de verdad hubieses querido nuestro perdón, hubieses vuelto mucho antes, o mejor, nunca nos habrías dejado plantadas.

―No seas así. Quiero recuperaros a las dos. Tu hermana ya me ha perdonado por todo.

―Yo no soy como ella. Nunca lo he sido, y nunca lo seré.

Con la misma, cojo mi bolso y me marcho de allí.

Varios minutos después, mi hermana me manda un mensaje para pedirme que vuelva al bar a tragarme mi orgullo. Saco fuerzas de donde no las tengo y respondo que ni puedo, ni quiero, perdonarla.

Llego a mi casa y me tiro en el sofá. Pongo la televisión y decido llamar a Ángel para pedirle que venga a mi casa.

―Tengo mejores planes que encontrarme con tu hermana.

―Estoy sola. Hemos vuelto a discutir hace un rato. Te necesito cerca, Ángel.

―Iré dentro de un rato.

Me coloco en el sofá para ver la televisión mientras espero a que mi compañero de trabajo venga a casa.

Después de hora y media llorando sin parar, alguien llama a la puerta. Me levanto para ver quién es y, al abrir, me encuentro con Ángel. Abre los brazos para que me hunda en su pecho.

Nos separamos y vamos hasta el sofá. Allí, me pide que le relate todo lo sucedido con mi hermana. Consigo, entre lágrimas, contarle todo lo acontecido en el bar.

Tras terminar con mi relato, Ángel me da un abrazo con efecto tranquilizador. Acaricia mi espalda y vuelvo a llorar como una magdalena.

―Espero que puedas perdonarme por haberte hecho esperar tanto.

―No pasa nada, pero porque eres tú, ¿eh? Si fueses otra persona, te tendrías que ganar mis disculpas.

Me levanto del sofá para preparar algo de cena y tengo todo el rato a Ángel pegado a mí, agarrándome por la cintura.

Terminada la cena, mi compañero de curro se pone a recoger las cosas hasta que el timbre de mi casa suena. Le pido que me acompañe y, tras abrir la puerta, veo a mi hermana.

―Hermanita, quiero que me perdones por lo de antes.

―No, Cecilia, ahora mismo no soy capaz de perdonarte. Eras perfectamente consciente de la reacción que iba a tener si me encontraba con mamá.

―Aunque no me hables, ¿puedo dormir en casa?

―No.

La cierro la puerta en las narices. Ángel me dice que me he pasado y que no le hubiese importado marcharse. Le digo que no, que prefiero que se quede él antes que mi hermana, que por mucha sangre que nos una, hay ciertas cosas que no se pueden perdonar.

―Sabes perfectamente que tu hermana quiere lo mejor para ti.

―Pues perdonar a mi madre no es lo mejor para mí. Yo no perdono a aquellas personas que me abandonan cuando más las necesito.

Me meto en el baño a lavarme los dientes y a quitarme el poco maquillaje que queda en mi cara.

Cuando salgo del baño, me encuentro a Ángel sin camiseta.

―¿Qué pasa? ¿Quieres que me dé un infarto?

―Has salido muy sosa, Emma.

―Seré todo lo sosa que quieras, pero tú eres un busca infartos. Anda, tápate, que te quedarás frío.

―¿Y si no quiero? ―pregunta mientras se acerca a mí y me besa con dulzura.

Me recoge del suelo y me lleva en brazos hasta la cama, donde me deja caer suavemente. Se coloca encima de mí y comenzamos a besarnos lentamente. Los besos se van haciendo más cortos y repetidos, hasta que, poco a poco, nos vamos deshaciendo de la ropa. Ahí sucede lo que llevo tiempo soñando y deseando: Ángel y yo fundidos en un solo cuerpo.

―Te quiero.

―Y yo a ti, pequeño.

―Sospecho que, aunque me digas que sí, me estás utilizando y que prefieres a Rodrigo antes que a mí.

―Sabes que no es verdad.

Nos tumbamos en la cama y yo me aovillo dándole la espalda, aunque su brazo pasa por alrededor de mi cuerpo. Consigo tranquilizarme un poco después de todas las emociones vividas durante el día de hoy.

A pesar de sentirme segura a su lado, una extraña sensación me invade. Saber que anoche Rodrigo estuvo durmiendo en el mismo sitio que hoy yace Ángel me hace darme cuenta de que, en ocasiones, estoy jugando con fuego y, si sigo así, me terminaré quemando.

Cavilando en mis cosas, consigo que me entre el sueño y, poco a poco, ceder ante los encantos de Morfeo.

Cuando me despierto, me descubro sola en la cama, aunque oigo ciertos ruidos procedentes del salón. Sonrío para mis adentros y me levanto de la cama. Me calzo las zapatillas y, con una sonrisa de oreja a oreja, voy al salón, donde descubro a Ángel viendo la televisión.

―Buenos días, pequeña. ¿Has pasado buena noche?

―Buenos días. La verdad es que no me puedo quejar.

―Se nota que he dormido a tu lado.

Me siento a su lado y le doy un beso largo en los labios.

Al separarme de su boca, me comenta que han metido una carta por debajo de la puerta. El semblante me cambia en el mismo instante que abro la carta. ¿De quién es? ¿Por qué mi espontánea felicidad comienza a desvanecerse?

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Sueños y realidades

La mayoría de las veces, nuestros sueños son más amplios que la realidad en la que vivimos.

Durante estas veces, creemos que nos merecemos algo mejor que lo que tenemos, pero, si no hacemos nada por cambiarlo, mal nos va. Está muy bien decir a los demás que luchen por lo que quieren, que, por muy duro que les parezca, todo les llegará en su momento.

Pero claro, lo más difícil es autoconvencerse de que hay que hacerlo. Por eso, muchas veces, nos quedamos estancados en lo que estamos porque no somos capaces de cambiar, de evolucionar.

Puede sonar a tópico, pero, si nosotros no hacemos nada por luchar por lo que queremos, ¿quién lo va a hacer por nosotros? Nadie.

Por tanto, es hora de ir a por ello, por muy difícil que nos parezca. Porque, como me puso un escritor en la dedicatoria de su libro: “Si tienes una meta, ve a por ella por muy difícil que te parezca, porque, a veces, los imposibles también se pueden hacer realidad”.

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Caprichos y secretos de la infancia. Capítulo 29.

Lágrimas

Según Ceci entra por la puerta, se echa a mis brazos. Rodeo su espalda con los míos para intentar que se tranquilice.

-¿Se puede saber qué te pasa?

-Es por culpa de ese miserable. ¿Te puedes creer que me ha visto y no se ha dignado a saludarme?

Ángel se mete en nuestra conversación y comenta que él allí no pinta absolutamente nada y que lo mejor que puede hacer es marcharse a su casa. Me despido de él comentando que ya le veré el lunes.

-Me parece correcto. Sabes perfectamente lo que haré hasta que te vea el lunes.

-¡Qué bien me conoces!

Él se marcha de casa y, acto seguido, mi hermana propone salir a dar una vuelta. La pido que espere, que tengo que maquillarme un poco. Mientras estoy en el baño, la comento que se merece algo mejor que pensar todo el rato en Rodrigo, porque pasará olímpicamente de ella.

-No me digas eso, porque contigo va a hacer lo mismo.

-No te confundas, hermanita. En mi caso, soy yo la que pasa de él.

Varios minutos después, salimos de casa y vamos a dar una vuelta. En ese intervalo, recibo un mensaje de Rodrigo en el que me cuenta que me echa de menos y que le gustaría repetir la noche en mi casa.

Le respondo comentándole que estoy con mi hermana y que no sé si tiene pensado quedarse a dormir o no, que si, por lo que sea, estoy sola, se lo haré saber.

-Emma, ¿puedo comentarte una cosa?

-A ver, desembucha.

-He estado hablando con mamá y me ha asegurado que está bastante dolida por el incidente del bar que me comentaste.

-Ella sabe que yo estoy más dolida con ella por todo lo que pasó desde que papá y ella se separaron, así que no me venga de víctima para arreglar las cosas, porque conmigo no cuela.

-Trágate tu orgullo de vez en cuando y llámala, aunque sea para disculparte con ella por ese incidente, aunque no quieras saber nada más de ella.

Me niego a hacer caso a Cecilia, ya que, cuando me pongo cabezona y digo que no voy a hacer algo, es que no lo voy a hacer.

Entramos a un bar y descubro que allí se encuentran Martina y Ángela. Se lo comento al oído a mi hermana.

-Pues la rubia te está mandando una mirada de esas que no se sabe si son de odio, de asco o de una mezcla de ambas.

-Sí, es que somos amiguísimas, ¿sabes?

-Por Ángel, ¿verdad?

-Básicamente.

Al cabo de un rato de estar nosotras allí, mis dos compañeras de curro se marchan y Ángela es la única que se despide de mí.

Ceci y yo seguimos hablando tranquilamente de nuestra madre. Mi hermana, lo único que hace de manera constante es pedirme que perdone a mi madre y que volvamos a estar tan unidas como antaño.

-¡Basta ya! Cuanto más insistas en que lo haga, menos posibilidades tienes que me trague el orgullo que no tengo.

-Te juro que, a veces, no te entiendo.

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Tenemos un problema

Todo ha terminado. Dos años y medio tirados a la basura. Los dos nos hemos cansado de estar al lado de la otra persona. Cada vez que hacíamos el amor, notábamos que la pasión se había congelado, se había ido para no volver.

Recoges tus cosas y las vas metiendo en el coche para volver a casa de tus padres, a los que se les hace extraño volverte a tener en casa. Antes de irte, me aseguras que, pase lo que pase, no olvidarás todo lo que hemos vivido juntos.

De pronto, empiezo a sentirme mal y las ganas de vomitar se apoderan de mí. Entro al baño y me arrodillo para que la comida vaya fuera. Esto me lleva pasando varios días, pero nadie lo sabe. Bueno, Alberto ya lo ha visto.

-¿Pasa algo?

-No te preocupes –miento-, es la primera vez que me pasa.

-¿Y si es algo grave?

-Alberto, que no te preocupes. Ya no formo parte de tu vida, así que, por favor, olvida lo que acabas de ver.

-Vale, como quieras, pero, si te vuelve a pasar, avísame.

Le pongo dos dedos en los labios para que deje de hablar. Lo que menos necesito en estos momentos es que siga aquí. Necesito que se vaya y que me deje estar sola.

Llevo varios días con el cuerpo raro, además, aún no me ha bajado el periodo, cosa que no se me hace demasiado extraña, ya que nunca me viene regular.

Cuando veo que Alberto se aleja, poco a poco, con el coche, mi mano va, de manera instantánea, a la tripa. Ella es la culpable, por así decirlo, de que yo no me encuentre bien.

Pasan un par de días en los que apenas salgo de casa. Me los paso viendo películas e ingiriendo palomitas y galletitas saladas.

De pronto, alguien llama a la puerta. Voy a mirar y veo a Clara, mi mejor amiga. La abro y me tiro a sus brazos. Me comenta que tengo un estado pésimo y que, lo mejor, es que nos vayamos a dar una vuelta.

-No estoy de humor.

-Cielo, no te puedes quedar encerrada en casa. Sabes que, si lo haces, pensarás constantemente en él, y no te conviene.

-¿Sabes que es lo que pasa? Que necesito estar cerca del servicio, llevo una semana vomitando prácticamente todo lo que como.

-No estarás preñada, ¿no?

-Bestia. Eso es imposible. Además, si eso fuese cierto, te aseguro que no me vería con fuerzas para seguir adelante yo sola.

Me atrevo a confesar que no me ha llegado el periodo, y que tenía que haberlo hecho hace varios días. Mi amiga me pide que la espere en casa, que va a buscar algo de comida y que enseguida vuelve para hacerme compañía.

Cierro la puerta y me siento en el suelo a llorar, porque cada minuto que paso metida en esa casa, me le paso pensando en todo lo que Alberto y yo hemos vivido allí. Todas las esquinas de la casa son momentos a su lado. Dos años y medio que, por culpa de la rutina, nos ha impedido ser lo felices que quisiéramos. Además, esos dos años y medio se han quedado en nada, convirtiéndose en recuerdos vacíos.

El timbre me saca de mis pensamientos. Descubro a Clara con dos bolsas llenas de paquetes de galletas de chocolate y con alguna bolsa de patatas. También me la encuentro con el test de embarazo.

-¿A qué viene esto?

-Quiero asegurarme que tus vómitos no tienen nada que ver con una futura panza, panza que me hará tía.

-Definitivamente, no sé qué haría sin ti.

-Te aseguro que, sin mí, estarías aquí encerrada y no te harías esto, porque nos conocemos y sé que no irías a comprarlo.

La doy un abrazo y me voy al baño. Los recuerdos vuelven a invadirme. Allí fue donde lo hicimos por primera vez, metidos en la bañera llena de espuma. Sonrío melancólica y voy al ataque.

Nada más descubrir que, en efecto, estoy embarazada, pego un chillido. Clara viene corriendo al baño y me ve, sentada en el suelo, con la cabeza entre las rodillas, llorando. Me pregunta lo que me pasa y no soy capaz de pronunciar las dos palabras que tengo que decirla. Varios minutos después, consigo relajarme y la digo que, dentro de nueve meses, voy a tener un bebé en mis brazos.

-¿Y Alberto? ¿Le vas a llamar para contárselo?

-No quiero que piense que estoy desesperada por él.

-Cielo, es el padre de la criatura que se está formando ahí dentro.

-No me veo con fuerzas. Clara, tía, entiende mi postura. Hace un par de días que lo hemos dejado y no me veo capaz de llamarle y contarle que va a ser padre. Sé que me va a mandar a tomar vientos, porque es lo que me merezco.

-Inténtalo, no pierdes nada. Además, sé que se lo va a tomar bien y va a volver a tu lado. ¿O no es lo que quieres?

-Sí y no. Quiero que vuelva porque él me ha enseñado a amar, pero, a la vez, no quiero que vuelva. Sé que nuestra relación no tiene futuro alguno.

Mi amiga se queda en casa hasta la noche y consigue convencerme de que le dé la buena noticia a Alberto.

Al día siguiente, por la tarde, Alberto llega a casa para terminar de recoger sus cosas. Le veo rebuscando en su armario y sonrío.

-¿Qué tal va esa tripa?

-A ratos, aunque, ahora que la mencionas, hemos de hablar.

-¿Es bueno o malo?

-Depende de cómo se mire.

Nos sentamos en el borde de la cama y descubro inquietud en su cara. Se encuentra inquieto porque le invade la curiosidad de saber qué es lo que tengo que decirle. Sé que no es fácil soltar la bomba y quedarme tan ancha. Cojo aire y le pido que no se aleje de mí, que le necesito a mi lado más que nunca.

-Hace tres días no me decías lo mismo.

-Porque hace tres días no sabía lo que me pasaba.

-Me estás asustando.

-Estoy embarazada.

Se acerca a mí y me da un abrazo. No veo su cara, pero intuyo que está feliz. No puedo evitar echarme a llorar. No sé si lo que he hecho está bien, pero Alberto se merece saber que va a ser padre. Ahora es él quien debe decidir si aceptarlo o no.

-Si quieres, vuelvo aquí y te hago compañía.

-Nada me gustaría más, aunque me gustaría pedirte que aguantases mis cambios de humor. Ahora mismo, no me aguanto ni yo.

-Nuestro pequeño viene en camino, ¿cómo no aguantarlo? Si te soy sincero, quiero que, juntos, veamos crecer esa tripa y que, también juntos, le veamos crecer. Intentaremos, y conseguiremos, ser una familia feliz.

Poco a poco, los días van pasando y vamos informando de la buena noticia a las respectivas familias. Se lo decimos primero a la mía, que se lo toman bien. A la que más le cuesta aceptarlo es a mi madre, porque Alberto y ella no es que se hayan llevado muy bien, pero se lo toma bien, porque sabe que soy feliz a su lado. Por lo menos, es lo que intento.

Después, toca la familia de Alberto, que no se lo toman muy bien. Su madre sospecha que me he inventado el embarazo para tener a su hijo a mi lado. La que mejor se lo toma es su hermana, que me da un fuerte abrazo y se alegra de que, después de todo, Alberto y yo volvamos a ser felices.

Una noche, invitamos a Clara a que venga a cenar a casa y hacer una doble celebración: nuestra reconciliación y el embarazo.

A Alberto le empieza a sonar el teléfono y, cuando se va del salón a atenderle, Clara se sienta a mi lado y me asegura que se nos ve bien, como si no nos hubiésemos, por así decirlo, dejarlo.

-Yo no estaría tan segura de las apariencias.

-No te entiendo.

-Sí, vale, está a mi lado porque quiere ver crecer al bebé, pero no creo que nosotros, como pareja, podamos volver a ser felices.

-Cielo, vais a volver a ser igual que antes, ya lo verás.

-No creo, pero bueno, por intentarlo que no quede.

Las cosas transcurren con normalidad. Mi relación con Alberto parece ir bien, solo que noto que no le hace mucha gracia estar a mi lado. Creo que ha vuelto conmigo por el bebé, pero no quiero preguntarle por miedo a la reacción que pueda tener.

Estamos tirados en el sofá viendo una peli. Yo sentada encima de él, mientras que Alberto acaricia mi barriga y me da algún beso en el cuello que está al borde de hacerme enloquecer. Para quien lo vea, parecemos una pareja normal, pero no es así, mis cambios de humor son constantes y Alberto no los aguanta todos. En ocasiones, se esfuma de casa y se va a dar una vuelta hasta que se me pasa el cambio de humor. En otras, se culpa de haberme dejado embarazada.

-Cielo, no puedo seguir más –comenta mientras se levanta del sofá-. Esto no tiene ni pies ni cabeza.

-No te entiendo, ¿a qué te refieres?

-Cuidaré del hijo que viene en camino como me corresponde, pero tú y yo no podemos seguir juntos. Si tratamos de ser la familia feliz que nunca conseguiremos crear, nuestro retoño no será feliz, y me niego a que eso sea así.

Con la misma, coges las cosas y te vas de casa. Me echo a llorar y, de mientras, intento convencerme de que lo mejor es tratar de luchar por salir adelante siendo una madre soltera.

Mando un mensaje a Clara para pedirla que me acompañe a la ecografía que tengo programada. Acepta encantada y me pregunta la razón por la que Alberto no es el encargado de acompañarme.

-Quiero que sea la Tita Clara la que venga conmigo.

-Ya, Cielo, pero él es el padre de la criatura.

-Para mí, él es la única persona con la que he tenido relaciones, y punto. Él ya no existe, y punto.

Al día siguiente, Clara me viene a buscar a la hora acordada. Juntas, vamos en coche hasta el hospital en el que me van a hacer la ecografía correspondiente. Encuentra aparcamiento en la puerta y vamos hasta la sala de espera. Al llegar allí, recibo un mensaje de Alberto en el que me pide que le deje estar a mi lado en todo lo relacionado con la criatura. Le contesto rechazando su propuesta y le comento que ya tengo a mi lado a Clara, que es la que va a estar a mi lado en todo momento.

-¿He de recordarte que el bebé que esperas es de ambos?

-No es necesario, pero, si lo nuestro no tiene sentido, tampoco tiene sentido que quieras preocuparte por la criatura. O todo, o nada.

-Mi niña, no seas así. Entiende que quiera preocuparme por el bebé, también es hijo mío.

-Primero, ya no soy tu niña; segundo, haré lo que esté en mi mano para que la criatura no sepa nada de su padre.

Con la misma, cuelgo. Apago el móvil y nos llaman para entrar. Estamos allí lo necesario y el médico me da la noticia de que estoy embarazada de un niño.

Me quedo pálida, ya que, a mí me apetecía tener una niña, aunque, siendo sincera, lo importante es que la criatura venga en el mejor estado posible. Clara me agarra la mano y, con la mirada, me pide tranquilidad, ya que es lo mejor en estos casos.

Un rato después, salimos del hospital y mi amiga me pide que llame a Alberto para contárselo. Como no me veo con demasiadas fuerzas para escuchar su voz, se lo digo por un mensaje.

Por la tarde, mi ex pareja viene a hacerme una visita a casa y, tras verme, me abraza. Le pido que se aleje de mí, que ya me las apañaré para salir adelante sola.

-No pienso permitirlo. Que tú y yo no tengamos nada, no significa que no pueda hacerme cargo del pequeño.

-Lo tuyo es un ni contigo, ni sin mí. Aclárate por el bien de los dos.

-No voy a olvidar todo lo que ha pasado entre nosotros, Cielo. Ese niño va a ser mi vida y has de ser consciente de que necesita el amor de los dos.

-Pienso ser madre soltera, te guste o no. Ahora, vete.

-No pienso hacerlo. Necesito que me escuches, joder. Puede que lo nuestro ya no tenga sentido, pero ahora debemos estar más unidos que nunca. No tienes ni la más remota idea de lo que se siente siendo hijo de padres separados. Por eso mismo, no pienso permitir perderme un segundo de su infancia.

-Alberto, no es el momento para hablarlo.

-Sí que lo es.

Coge mi cara y me besa. Intento separarme de él, pero sus manos lo impiden. Me agarra por la cintura y, con cuidado, me coge para llevarme a la habitación. Me tumba en la cama y me sigue besando. Trato de pararle, alegando que no quiero que sucedan cosas de las que ambos podamos arrepentirnos.

Se sienta en la cama y, serio, me pregunta si estoy segura de lo que le estoy diciendo.

-Totalmente. Me he convencido de que lo mejor es que no estemos juntos, ya me las apañaré para seguir adelante.

-Y vuelta a empezar. Cielo, entra en razón y permíteme que me quede.

-No quiero escuchar otra vez de tus labios que lo mejor es estar separados porque lo nuestro no funciona.

Alberto se va de la habitación y, con portazo, sale de casa.

-Varios meses después-

Me he acostumbrado a vivir sola. Alberto viene a verme a diario para interesarse por mi embarazo. Entre ambos, hemos decidido los nombres del bebé. Hemos llegado al acuerdo de que el pequeño se va a llamar Ángel.

Mientras decido la ropa que voy a llevarme para ir a casa de Clara, alguien llama a la puerta. Miro y es Alberto.

-Hoy no te esperaba –comento tras darle dos besos.

-¿No puedo venir a verte, como siempre?

-Sí, pero hoy voy a cenar a casa de Clara.

-Por eso vengo. Te voy a llevar en coche.

-¿Cómo?

-Sí. Los dos cenamos en su casa.

-Como sigo sin entenderte, me lo explicas en el coche.

Me voy a cambiarme de ropa y, cuando quiero darme cuenta, Alberto está apoyado en la puerta. Le pregunto por sus motivos. Comienza a reírse y, cuando se para, se acerca a mí y me abraza por detrás. Me comenta que tiene ganas de ver la cara del bebé. Sonrío, giro la cabeza y le beso.

-¿A qué viene esto?

-Echaba de menos hacerlo. No me acostumbro a solo verte como el padre de mi hijo.

Nos fundimos en un tierno abrazo y, varios minutos después, salimos hacia casa de Clara. Cuando llegamos, descubrimos que no hay nadie. Decido llamar a mi amiga para ver dónde está y no me coge el teléfono. Comienzo a preocuparme y Alberto me pide tranquilidad, que en mi estado no me conviene estar alterada

De pronto, siento un pinchazo. Comento que creo que el momento ha llegado. Vamos en dirección al hospital e intento localizar a Clara, ya que quiero mantenerla informada. Al seguir ilocalizable, decido que lo mejor es mandarla un mensaje.

Entramos en urgencias y noto como las piernas empiezan a fallarme. Me tumban en una camilla y me meten en una habitación. Alberto no se separa de mi lado en ningún momento y, con sus caricias, me ayuda a estar relajada. Las contracciones son cada vez más seguidas. Aprieto fuerte la mano de Alberto y su presencia me ayuda a relajarme.

Unas cuantas horas después, me despierto aturdida. Estoy sola, en una habitación con paredes blancas. Tardo varios segundos en darme cuenta de dónde estoy. Me toco la tripa y no la noto igual que desde hace casi ocho meses. Consigo recordar que, por la noche, Alberto me trajo al hospital porque el pequeño tenía ganas de conocer el mundo.

La puerta se abre y aparece una enfermera con el carrito. Veo que viene acompañada del niño. Las palabras no me salen en ese momento. Al ver su carita, me emociono y no sé qué decir. Las lágrimas corren por mis mejillas. Me acerca al pequeño y descubro que es igualito a su padre.

Varios minutos después, Alberto entra a la habitación. No lo hace solo, viene acompañado de Clara. Sonríen al verme despierta. Ambos me saludan y Alberto me da un beso en la frente. Me pregunta cómo estoy.

-Cansada.

-Es normal, Cielo –comenta Clara-. Un parto siempre termina cansando.

-Clara, puedes dejarme un momento a solas con Alberto.

-Claro que sí.

Cuando me cercioro de que ha salido de la habitación, Alberto me pregunta por lo que tengo que comentarle. Cojo aire y le pido que, ahora más que nunca, se quede a mi lado. Me mira extrañado y me pregunta a qué viene mi proposición.

-¿Sabes? Me he dado cuenta de que nadie mejor que tú para ayudarme.

-¿De verdad que quieres estar a mi lado, después de todo?

-Sí. Puede parecer una locura, pero la mayor locura, para mí, es amaros a los tres con toda mi alma.

Y, con la misma, cierro los ojos. Ahí es cuando me doy cuenta de que nunca sabes cuándo vas a amar. Da igual el sexo de la persona, el lugar y el momento de tu vida. Siempre acaba apareciendo esa persona que te cambia la vida y esa que, a pesar de todo, no sale de tu cabeza.

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Caprichos y secretos de la infancia. Capítulo 28

Al despertarme por la mañana, descubro que el brazo de Rodrigo está rodeando mi cintura. Trato de chillar al descubrirlo, pero el chillido se convierte en un grito ahogado.

Él se despierta en ese momento y se incorpora en la cama. Al hacer yo lo mismo, aprovecha la situación para darme un beso en los labios.

Terminamos tumbados en la cama, él encima de mí, besándonos como si no hubiese mañana.

-No sabes las ganas que tenía de amanecer a tu lado haciendo el gamberro.

-Ya, pero esto no podemos hacerlo. Si esto sucede, haremos daño a algunas personas.

-No seas aguafiestas y déjate llevar por el momento.

Soy la primera en levantarse de la cama. Mi jefe me alcanza y me coge en brazos. Le pido que pare, alegando que odio que me cojan cuando tengo hambre.

Desayunamos tranquilamente sin hablar y, tras terminar, bajo con Rodrigo a despedirle. Antes de entrar en el coche, mi jefe me da un abrazo y, al separarme de él, veo que Ángel observa la escena.

-No me lo puedo creer, Emma. Podía esperarme otra cosa de ti, pero, ¿esto?

-Esto no es lo que parece. Sube a casa y te explico.

-No tienes nada que explicarme. Desde hace tiempo sé que le prefieres a él y que has estado haciendo conmigo lo mismo que hizo tu hermana en su día.

Con la misma, se marcha por donde ha venido.

Voy detrás de él para que me explique lo último que ha dicho sobre Cecilia. Por lo que yo sé, mi hermana no es de esas personas que se dedica a jugar con los sentimientos de la gente, aunque, a veces, pueda parecer lo contrario.

-¿De verdad quieres que te lo explique? No sé si te gustará saberlo.

-No me importa en absoluto saber cosas de mi hermana que ella nunca me contará.

-Vale, pues subimos a tu casa.

Al entrar en mi piso, comienza a relatarme los últimos meses de su noviazgo con Cecilia. Comenta que, durante dos meses, él estuvo sospechando que mi hermana le había estado utilizando para intentar alejar a Rodrigo y sus insultos de su vida, pero que no llegó a conseguirlo.

-¿Qué fue lo que impidió que Ceci no pudiera conseguirlo?

-En cuanto me enteré de los planes de la que, por aquel entonces, era mi chica, fui a buscar a Rodrigo para pedirle que la dejase en paz. Empezamos a subir el tono de voz y ahí tuvo lugar la famosa pelea.

-¿Mi hermana lo presenció?

-No. Ella se enteró cuando estuvimos juntos al día siguiente, ya que yo tenía el ojo un poco morado.

-Supongo que, tras la pelea, tuviste que dejarla escapar.

-Más o menos. Aparte de por la pelea, yo rompí con tu hermana a cuenta de ciertos rumores que decían que ella nunca me había querido.

-¿Estabas celoso?

-Más que celoso, me podía pensar que Rodrigo me la estuviese jugando tratando de poner a Cecilia en contra de mí.

-Pues, que yo sepa, mi hermana no te ha olvidado. Por lo menos, hasta que yo empecé a la universidad, ella te seguía nombrando con cierta frecuencia.

Comento que yo me enteré de la pelea por Pepe, ya que él la presenció, pero no se metió de por medio por pánico a que yo pudiese enfadarme con él.

En ese mismo momento, el timbre de mi casa suena. Abro la puerta y veo a mi hermana con los ojos hinchados, claro síntoma de no haber dejado de llorar.

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Caprichos y secretos de la infancia. Capítulo 27

Complicaciones.

Me siento en el sofá y sigo llorando durante un rato bastante largo. No consigo comprender la razón por la que Cecilia ha venido a soltarme la bomba de que se está ilusionando con Rodrigo.

Pillo el bolso y salgo a dar una vuelta por la zona, pero, en vez de ir en la dirección de por las mañanas, decido cambiar la ruta, conocer otra parte de la ciudad.

Camino pensando en mí, en todo lo vivido desde que he venido aquí. Me reencuentro con dos personas del pasado de mi hermana y, gracias a uno de ellos, vuelvo a retomar mi amistad con Pepe.

Entro en una cafetería a toar algo y recibo un mensaje de Ángel. En él, me pide que me acerque hasta su casa, que tiene ganas de verme. Decido contestarle que tardaré un rato, pero que acudiré a la cita.

Cuando llego, me aprieta contra su pecho y me abraza como se abraza a una persona a la que hace mucho tiempo que no ves. Al separarnos, Ángel se da cuenta de que he estado llorando, y me pregunta si me pasa algo.

-No me pasa nada. No has de preocuparte.

-Tu hermana te ha dicho algo que te ha dolido. ¿Me equivoco?

-Para nada, pero, aunque me duela, hay en ciertos aspectos en los que tiene razón.

Nos fundimos en otro abrazo y me lleva hasta el sofá, donde nos sentamos. Nada más colocarnos en el sofá, llamamos a Rodrigo desde mi teléfono para pedirle que se acerque a mi casa, que allí le recibiré encantada.

Cuando llegamos, Rodrigo me da un abrazo, aunque me separo rápidamente de su persona.

-Hay una cosa que debéis saber –comento según nos sentamos en el sofá-. Me he dado cuenta de que, según veo que estáis intentando arreglar las cosas por mí, mi relación con Cecilia se complica, y mucho.

-¿Y ese deterioro tiene algo que ver con nosotros? –pregunta Rodrigo.

-Sí, sobre todo contigo, Rodrigo. Porque nuestros problemas comenzaron a partir del día en el que la saludaste en el bar.

En ese mismo instante, Rodrigo se levanta del sofá para marcharse. Casi como un acto reflejo, estiro mi mano para coger la suya y pedirle que se quede allí un rato más, pero mis esfuerzos son en vano.

-Déjalo, creo que tienes razón y todo esto no tiene ningún sentido.

-Claro que tiene sentido, Rodrigo. Tiene el sentido que todos queramos darle.

-Disfruta todo lo que puedas haciendo tu vida sin que Ángel y yo nos podamos llevar bien.

-Ya que estáis a punto de arreglar las cosas, terminad con ello. Nada me haría más feliz que ver que dos personas importantes en mi vida son capaces de, a pesar de todo, volver a llevarse bien.

-Vale, tú ganas.

Se vuelve a sentar a mi lado. Charlamos un rato, bueno, charlan ellos. Yo me encuentro ausente hasta en mi propia casa. Pienso en mi hermana, en todo lo que está pasando entre nosotras.

Rodrigo es el primero en marcharse. Cuando se despide, me promete luchar por mí, aunque sus esfuerzos sean en vano. Comenta que es consciente de que una posible relación de pareja entre nosotros puede hacer daño a muchas personas.

-Rodrigo, aunque tú y yo no seamos nada más que amigos, ¿serás capaz de perdonarme por todas las cosas malas que te he dicho con respecto de nuestra amistad?

-Claro que sí. Pero estoy convencido de que tú y yo vamos a ser felices juntos. Sé que habrá algo que te haga ceder a mis encantos, por mucho que te resistas a lo contrario.

Intenta darme un beso, pero le frené justo a tiempo para que Ángel no nos sorprendiese besándonos.

Ángel sale del baño para volver a reunirse con nosotros, me agarra por la cintura y, tras pegarme a él, me susurra al oído que me quiere.

Un rato después, Ángel se despide de mí con un fuerte abrazo y Rodrigo me pregunta si puede quedarse a dormir en mi casa.

-Solo si no pasa absolutamente nada entre nosotros. Y, por descontado, he de recordarte que nadie puede enterarse de que tú has dormido aquí. ¿Estamos?

-Lo primero es lo más complicado, pero bueno.

-¿Hay trato?

-Vale. Hay trato.

“Si mi hermana se entera de esto, no me imagino qué puede hacer” –pienso mientras me meto en la cama y pongo un cojín de por medio para que trate de acercarse a mí lo menos posible.

Un rato después, sigo sin poder conciliar el sueño. Tener a Rodrigo en el mismo sitio que durmió Ángel una noche es extraño a la par que un sueño.

Rodrigo se da cuenta de que sigo despierta y se coloca de tal manera para tener nuestros labios cerca.

-Se me hace raro que durmamos juntos. Hace mucho tiempo que no dormía con una chica.

-Esto no va a suceder todos los días, que lo sepas.

-Pues me tocará disfrutar a tope de la noche.

No sé cómo se las apaña, pero consigue quitar el cojín que nos separa a ambos y acercarme lo más posible a él.

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Caprichos y secretos de la Infancia. Capítulo 26.

Felicidad.

La mañana no tiene ningún sobresalto extraño. Ángel intenta varias veces hablar conmigo, pero solo consigue sacarme algún que otro monosílabo. Rodrigo no sale, en ningún momento, del despacho. Por lo menos, yo no le veo asomar la cabeza.

Cuando llega la hora de comer, me siento en la misma mesa de todos los días. Varios minutos después, Ángel y Rodrigo vienen a mí.

-Queremos hablar contigo –dice Ángel.

-No podemos estar sin ti –comenta Rodrigo-. Estamos dispuestos a hacer cualquier cosa para que no pases de nosotros.

-Un momento que yo me aclare. ¿Vais a reconciliaros por mí?

-Lo estamos intentando, pero ya sabes que esto no es coser y cantar –insiste Rodrigo.

-Vamos, que todavía no habéis hecho las paces.

-Estamos en ello –se mete Ángel de por medio para tapar la metedura de pata de Rodrigo.

-Bueno, me voy a trabajar un rato.

Tras Ángel subir de la cafetería, me pide que confíe en ellos, que se encuentran al borde de hacer borrón y cuenta nueva. De primeras, no sé si creerle del todo, pero, a pesar de que quiero que ambos se lleven bien, estoy consiguiendo mantenerme neutral con ambos.

Rodrigo se marcha de la oficina a las 6.30 de la tarde. Se despide gentilmente de ambos y, de manera disimulada, acaricia mi espalda para transmitirme seguridad y confianza.

Cuando Ángel y yo salimos de la oficina, vemos a Rodrigo charlar animadamente con Martina. A simple vista, parece una charla tranquila entre dos personas que trabajan en la misma empresa, pero, por la sonrisa de Martina, nada bueno se pueden traer ambos entre manos.

Rodrigo nos ve, se despide de Martina y se ofrece a acercarnos a casa en coche. Ángel acepta sin dudarlo ni un segundo, pero a mí me cuesta más decir que sí a la propuesta.

Nos metemos todos en el coche. Ángel y yo vamos sentados detrás. Él agarra mi mano en varias ocasiones, aunque yo soy una chica lista y consigo llevar las manos libres en todo momento.

Me pongo de tal manera para que, si Ángel quiere coger mi mano, Rodrigo tenga que darse cuenta de ello.

Llegamos a mi casa y Rodrigo aparca donde siempre, en el único hueco que hay frente a mi portal.

Subimos los tres a casa y, nada más entrar, me encuentro a mi hermana sentada en el sofá, entre lágrimas.

-Ceci, ¿se puede saber qué haces aquí?

-Tenemos que hablar. Es urgente.

-Espera un momento.

Salgo a la entrada y comento a mis “hombres” que no es el mejor momento para estar en casa. Les digo que, en cuanto podamos reunirnos todos, se lo hago saber.

Recibo dos besos de cada uno y, al cerrar la puerta, mi hermana se levanta del sofá y se echa a mis brazos.

-¿Se puede saber qué narices te pasa? ¿Y por qué narices no me has avisado?

-No me he dado cuenta ni de llamar. Tenía que venir a verte, sí o sí. Creo que me estoy enamorando de quién no debo.

-Sé más clara, hermanita. Que no me estoy enterando de nada.

-Me estoy ilusionando con la simple presencia de Rodrigo.

Me enfado, aunque intento mantener la calma. No entiendo a qué viene ahora que mi hermana me diga esto. Ella, que ha intentado por activa y por pasiva separarme de él. Aunque me empiezan a encajar las fichas del puzzle.

Ahora entiendo por qué me pedía que me olvidase de él, que todo lo que el haría sería para hacerme daño. Aunque, a decir verdad, eso solo han sido excusas porque se estaba comenzando a dar cuenta de sus sentimientos.

Cecilia vuelve a abrazarme y me pide, entre sollozos, disculpas por todo lo que me ha intentado meter en la cabeza de mi jefe.

-No te entiendo, de verdad. Primero, me pides a toda costa que me olvide de lo que pueda llegar a sentir por Rodrigo, que evite hacerme ilusiones con él. ¿Y ahora qué? ¿Qué tienes que decirme?

-Ahora veo las cosas de una manera muy diferente.

-Me da igual, Cecilia. Me duele que me hayas intentado hacer creer que no me convenía. Y, ahora que le conozco y sé que es buena persona, me vienes con estas.

-Por muy buena persona que parezca, no significa que él tenga una doble cara. Porque a mí me está pasando igual.

Con la misma, pido a mi hermana que se marche de mi casa. Lo hace con lágrimas en los ojos.

Según se cierra la puerta de casa, yo también me echo a llorar. ¿De verdad mi hermana está enamorada de Rodrigo? Si es así, ¿desde cuándo lo está? ¿O, en verdad, tiene razón y ella está en lo cierto con lo que piensa de mi jefe?

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